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En busca de la cotidianidad camboyana – Parte 2

Nos hemos hecho de rogar para seguiros contando lo que vivimos un grupo de mujeres viajeras en Camboya. Como os comentábamos en nuestro post anterior (https://www.womviajes.com/primeras-impresiones-camboya-parte-1/), un grupo de 6 mujeres nos embarcamos en un viaje por este país asiático en Abril de 2015. Tras unas primeras impresiones en la capital sobre su actualidad política, económica y religiosa, cogimos la furgo conducida por nuestro heroico conductor Sophiap (porque vaya tela como conducen) y ¡a descubrir el país!

 

 

Tomamos dirección al sur, hacia Kep. Tras un par de días en la capital queríamos empezar a descubrir el mundo rural. Gran parte de la vida en Camboya se lleva a cabo en el entorno de sus carreteras. Por desgracia no pudimos ir a las zonas más selváticas y menos accesibles, por lo que no conocemos la realidad en estas áreas. Pero si pudimos apreciar el ajetreo que hay en torno a las carreteras: puestos en los que se vende de todo (incluso gasolina en botellas de Coca Cola), casas, pagodas, casas de los espíritus, huertos, miles de motos y bicis cruzando cuando les venía en gana, animales… y así durante practicamente todo el camino, tanto al sur como más adelante en el norte.

 

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Esto ha sido una suerte para nosotras, ya que, aún yendo dentro de nuestra furgo, hemos podido observar detenidamente sus rutinas y sus peculiaridades sin flitros ni poses. La vida que tienen, tal cual, ha pasado ante nuestros ojos espiatorios pudiendo captar su autenticidad y sencillez.

 

No paramos de buscar nuevos destinos y posibles viajes, y en estas investigaciones nos topamos con multitud de pueblos escaparate, hechos exclusivamente para la contemplación de hordas de turistas sedientos de fotografías. De hecho, en Camboya también encontramos estas pantomimas. Ya os hablaremos más adelante. En cualquier caso, es bonito poder observar la cotidianidad desde la invisibilidad, ya que desde dentro de la furgoneta pasamos desapercibidas. Somos un coche más de la carretera y nadie tiene porque fijarse en si somos unas guiris cotilleando su mundo desde detrás de las ventanas.

 

Volviendo a nuestro itineraro, continuamos hacia el sur, no sin antes hacer unas cuantas paradas. Comenzamos con una segunda inmersión en su religión. En este caso a través de un complejo más popular y menos institucional, la cueva-templo de Kampong Trach.

 

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Ya en esta zona nos dimos cuentas de los pocos turistas que encontraríamos en nuestro recorrido. Salvo un inglés, y la persecución de unos pocos niños en búsqueda de unos cuentas rieles o dólares, nos encontrábamos tranquilas y solas para disfrutar de este lugar tan especial. La religión y la naturaleza se mezclaban en una combinación de pequeños altares, un gran buda tumbado, incienso, multitud de objetos dorados, cuevas, y lianas.

 

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Una vez nos encontramos espiritualmente con la naturaleza y percibimos ese toque animista del budismo camboyano, retomamos nuestro camino para ir a uno de los sitios más especiales en los que hemos estado, una casa camboyana. Ese día íbamos a comer con una familia. La faena es que se nos hizo tan tarde que llegamos a comer a la hora española, cuando ellos a las 13 están echándose la siesta, así que no pudimos comer todos juntos. Aún así, pudimos apreciar de cerca su estilo de vida y su amabilidad.

 

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Las casas son de madera y en parte son palafíticas para estar alejadas del suela en época de monzón. En este caso eran una familia de 7 personas y disponían de una habitación y de una sala de estar en la planta de arriba donde duermen como pueden en esterillas sobre el suelo. En la parte de abajo se encontraba la cocina, la zona de almacén y por la parte de atrás de la casa, el baño y la zona de los animales. En este caso tenían dos vacas. Luego depende del nivel enconómico de la familia, pero se aspira a ser lo más autosufientes posible.

 

A pesar de la humildad de sus vidas, nos agasajaron con comida buenísima y en cantidades exageradas. Nos hubiera encantado no haber dejado ni una sola gota de comida, ya que estaba todo buenísimo pero había comida para un regimiento. Nos acogieron con una amabilidd suprema. La única pega fue no poder intercambiar ni una sola palabra, aunque siempre nos quedará la sonrisa… Su hija mayor está estudiando y sabía inglés, por lo que nos pudo explicar cosas de sus vidas, de su historia familiar… pero nos supo a poco porque nos hubiera encantado estar horas conociéndoles mejor.

 

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Por desgracia tuvimos que seguir nuestro recorrido. Pero fue todo un placer haber tenido unos anfitriones como los que tuvimos. Un poco más al sur, y casi llegando a Kep, paramos en una plantación de “pimienta de Kampot” (considerada la mejor pimienta del mundo, ahí es nada). Ya habíamos probado la pimienta verde en nuestra comida camboyana y la verdad es que podemos corroborar que está buenísima (y con cangrejos de Kep, ni que decir!)

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Finalmente llegamos a Kep y al tan ansiado Golfo de Tailandia, donde íbamos a disfrutar de un par de días de relax paradisiaco.

 

Lo primero que hicimos fue visitar su famoso mercado de cangrejos, un lugar curioso en cuanto a olores se refiere… Allí pudimos apreciar la vida de las cangrejeras (tal vez nos hayamos inventado esta palabra…), que son las encargadas de mantener los cangrejos bien fresquitos en el mar y regatear su precio de venta, ¡unas artistas!

 

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No pudimos disfrutar a la camboyana de estos ricos cangrejos, que es cogiéndolos a kilos, haciéndolos a la brasa y comiéndolos en unos habitáculos que se encuentran a lo largo de toda la playa, alrededor de los cuales hay varias hamacas para la siesta de después. La inteligencia humanada no tiene límites…ayysss! (somos tremendamente fans de las hamacas). Pero fuimos a un restaurante del pueblo donde comimos de lujo: cangrejos, gambas, pescado vario.. una delicia, no sólo por la calidad del producto, sino por las ricas salsas con las que iba acompañado. Debemos decir que llegado a este punto estábamos gratamente sorprendidas de la gastronomía. Primero porque no picaba (no lo soportamos demasiado) y segundo porque era muy variada y rica.

 

Teniendo en cuenta que el día de hoy había sido agitadito, nos merecíamos un día de relax merecido y el día siguiente nos embarcamos dirección a la Isla de los Conejos o Koh Tonsai.

 

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Que conste en acta, que a pesar de lo ridículas que aparentamos estar, vamos a la camboyana. Ese sombrero es el que utilizan allí y vale para absolutamente todo: la lluvia, el polvo, el viento, el sol… así que como a nosotras nos ha enseñado que donde fueres haz lo que vieres… pues así de monas íbamos nosotras! Pero para evitar que os sigáis mofándonos de nosotras, vamos a poner otra imagen que seguro que no os hace tanta gracia, sobre todo por no ser vosotras las que disfrutaban de un estupendo masaje de aceite en la playa. 😉

 

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Con vistas algo parecido a esto…

 

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Fue una delicia saber que a pocos kilómetros las playas de Tailandia estarían repletas de turistas y nosotras teníamos una playa sola para nosotras, literal. Nuestro primer baño fue en la Isla de las Serpientes y estábamos nosotras y un pequeño pueblo pesquero en las cercanías, pero la sensación fue de que éstos eran los únicos seres humanos que pisaban esas playas. Lo único que le faltó es un poco más de limpieza, pero por lo demás, de lujo. Luego ya nos cambiamos a la más turística (aunque no mucho, no os creáis) Isla de los Conejos, donde disfrutamos del masaje y de una comida de pescado de 10.

 

Ese día cambiamos la furgo por los barcos, porque además de haber utilizar uno para movernos por el Golfo de Tailandia, también nos aventuramos por los manglares del río Kampot, desde donde vimos atardecer y… luciérnagas!!! Volvimos a la niñez en cuestión de segundos. Fue una maravillosa experiencia con un coco en mano y disfrutando del paisaje en tonos rosáceos. Incluso la oscuridad de la noche fue una pasada.

 

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Finalmente había acabado nuestra expedición al sur, y debíamos partir de nuevo hacia la capital, no sin antes visitar la ciudad de Kampot. Más que la ciudad recordamos los sabores de su mercado. Probamos cada fruta que íbamos encontrando como iniciación a unos sabores, texturas y olores muy diversos a los que estamos acostumbrados. La cultura de un país tanbién se mide por su gastronomía, y no se puede decir que nosotras no la estábamos disfrutando al máximo.

 

Os seguiremos contando cosillas de nuestra aventura camboyana. ¡Hasta la próxima!

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